Editorial número 94 |
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| Publicaciones - Tiempo de Paz | |
Tratado de Lisboa: en busca de una nueva EuropaYa. Por fin cayeron las barreras que impedían la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Irlanda con su referéndum a regañadientes, y Chequia, que consigue imponer sus condiciones, aunque molesten a sus vecinos, dejan campo abierto para que los 27 Estados con 500 millones de europeos se enfrenten a una era inédita de responsabilidades compartidas que modelen la nueva forma de ser Europa. Hora de grandes esperanzas con no pocas incógnitas. Para la generación de españoles que vivieron y salieron de la dictadura, Europa fue una idealizada Tierra de Promisión, donde manaba leche y miel: la soñada democracia, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, las libertades fundamentales, la justicia social, el respeto de los derechos humanos… Era el espacio político y humano, no solo geográfico, que acogía a dos millones de emigrantes que pasaban la frontera con su maleta de madera para buscar cualquier trabajo que les permitiera pagar pan y casa, labrar un porvenir para los hijos, moverse y hablar con libertad, descubrir derechos aquí recortados. “Entrar” en la Europa comunitaria, fue una bocanada de aire fresco que despertó energías amodorradas y puso en marcha proyectos y empresas –la riada de Fondos Europeos fue una de las claves- que trasformaron nuestra vida. Con dolorosas imposiciones –quién no recuerda las cepas arrancadas, las vacas sacrificadas, la cuota láctea y tantas cosas- pero con el balance positivo de un cambio cualitativo de modernización y avances sustanciales en el campo social, económico y político. España volvía a ocupar el sitio que le correspondía por historia y por presencia significativa en la vida europea. Y vino la rutina, la burocracia, el desgaste de ideales. La desilusión, como ocurrió con otros ciudadanos del continente, iba royendo los espíritus de los mejores. El sueño del Tratado de Roma se despertaba en la “Europa de los mercaderes” –les épiciers, que dicen sarcástica e injustamente los franceses. No se daban pasos hacia una unidad superior. El “gigante económico era un enano político” y no digamos militar, se repetía, sobre todo después de la tragedia de los Balcanes. Los Estados fuertes imponían su visión de la realidad, -y sus intereses nacionales- con resquemor de los más débiles. El “déficit democrático” de sus instituciones no se corregía sustancialmente en los diversos Tratados como Maastricht o Niza. El No de Francia y Holanda -España dijo SI medio a regañadientes- al Tratado de la Constitución Europea fue un serio aviso. Los “euroscépticos” –otro eufemismo- iban ganando espacio, y no sólo en el Reino Unido, Irlanda, Polonia Chequia y otros Estados del Este, inoculando malestar desilusionado en capas de ciudadanos antes europeístas convencidos. Y para colmo, la crisis económica que hace ver las orejas y la dentadura del lobo a muchas familias y amenaza el despreocupado buen vivir instalado en el Continente como si fuera algo adquirido y ya irreversible. Seguiimos siendo ricos, pero acechados y desafiados. Por la potencia de las llamadas economías emergentes, por la crisis de la democracia en amplias regiones del mundo –no olvidemos a Rusia- , por el terrorismo que tanto trabajo nos cuesta mirar de cara. Es el escenario del Gran Teatro del Mundo. Estas semanas de noviembre se prepara el ensayo general –reuniones del Consejo Europeo, de ministros, de expertos... Pronto se correrá el telón. La Unión Europea inicia la representación del Tratado de Lisboa. Cambio de protagonistas y de libreto, pero todos actores al menos de reparto. Los ciudadanos europeos no son, no somos, espectadores que aplauden o silban y se van. Nos va en ello una vida dichosa o la desgracia. El lector tiene en este número un análisis del Tratado. La descripción de los valores y objetivos, del concepto de ciudadanía europea con toda su carga ética y jurídica con sus derivaciones en la vida cotidiana -¡ver en un simple consultorio de la Seguridad Social el cartel en varias lenguas que exige la presentación de la tarjeta de European Citizen o Europeische Bürger!-, la Carta de Derechos Fundamentales y todo ese acervo que constituye el alma de Europa, lo que hace que la Unión Europea se pueda definir con verdad como “democracia supranacional” compuesta de Estados y ciudadanos. Creación única en la historia. Llega la hora de pasar de los principios impolutos a la espesura gris de las actuaciones. Ya ha comenzado el tira y afloja de las negociaciones entre los 27 para nombrar las personas que constituirán la nervadura, el organigrama el cerebro mismo de la Unión: el Presidente del Consejo Europeo, el Alto Representante de la Comisión, -¡arduo problema el trabajo conjuntado de ambos con el presidente semestral de turno, cada uno con su ego, su tradición cultural!- por no hablar de la nueva Comisión y de ese órgano que nace con el nombre de Servicio Europeo de Acción Exterior en el que a los funcionarios del Consejo y la Comisión se unen ahora los designado por los distintos Gobiernos. Todos quieren colocar bien a sus peones o a sus caballos, alfiles y torres. Prueba de fuego, encaje de bolillos que conjugue el europeísmo más puro de esta democracia supranacional con los nacionalismos -intereses nacionales.- no siempre tan limpios, de 27 Gobiernos que tienen que responder ante sus connacionales. Y esto sin contar con esa nueva ráfaga de democracia que es la participación de cada uno de los 27 parlamentos nacionales –teóricamente no van de la mano de sus gobiernos- en cuestiones tan sensibles como la Política Exterior y de Seguridad Común, el denominado Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia y la vigilancia para que la legislación comunitaria no se salte el principio de subsidiariedad. Si a esto añadimos cuestiones tan delicadas para los Estados como la nueva Política Común de Seguridad y Defensa y las negociaciones para la adhesión al Convenio Europeo de Derechos del Hombre, tendremos un anticipo de la inmensa tarea que espera a los miembros de la Unión en este momento histórico de la puesta en marcha del Tratado de Lisboa. Y a España le ha tocado en suerte inaugurar el sistema de presidencias en equipo –con Bélgica y Hungría- que ponga en regla la brújula, enderece el rumbo, quite lastre de decenios e inicie la nueva andadura de la Unión Europea. Son los renglones de la Agenda del Gobierno español. El trabajo es enorme y tiene que hacerse con todos. A nuesrtro Gobierno le llega la hora de impulsar interminables de reuniones en todos los niveles, informales unas, oficiales otras, no sólo de ministros según sus competencias o de Jefes de Estadio y de Gobierno, sino de funcionarios oscuros, de expertos que hagan el trabajo duro de taller para la puesta en escena de cumbres como la de la UE-América- Latina y Caribe, uno de los objetivos más acariciados. Pero todo este despliegue no debe ocultar los peligros y amenazas –las externas y las propias debilidades- que acechan, a esta Europa nuestra. Ahí está la labor de zapa del Reino Unido – indisimulado caballo de Troya- y de los que quisieran convertir la UE en poco más que en una Asociación de libre comercio. El Derecho comunitario no pasa por sus mejores momentos, con la excusa de la crisis: es flagrante la violación del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que prohíbe que el déficit presupuestario sea superior al 3% del PIB, con evidente perjuicio para el euro, y nada digamos de la deuda pública de algunos Estados miembros o de la prohibición de dar subvenciones y ayudas del Estado a empresas y bancos. Son sólo algunas muestras de la necesidad de volver a la disciplina que hizo próspera y envidiable a la Europa Comunitaria. Y el proteccionismo larvado, a veces descarado, que corroe el comercio mundial no pocas veces es ajeno a las prácticas de algunos Estados miembros. Irónicamente el G20 levantó su voz y sus condenas contra las políticas proteccionistas y 17 de sus Estados las fomentan. No sólo los pequeños dicen “compre nacional”. Merkel ha amenazado a Obama con denunciar ante la OMC la política del “buy American” que propugna el gobierno USA. Y más. No todas las corrientes de pensamiento que tratan de imponerse en las políticas europeas son tranquilizadoras. No se han disipado del todo la irritación y los temores de millones de trabajadores europeos que suscitó la malhadada aprobación por los ministros europeos de Trabajo –España se abstuvo- de la propuesta de junio de 2008 de que un empleado pueda trabajar hasta 65 horas semanales si así lo pacta con su empleador. Afortunadamente la rechazó el Parlamento Europeo por mayoría absoluta en diciembre de ese mismo año. Pero quedó patente la sensibilidad social de los burócratas de Bruselas, que siguen en sus puestos. Y de los ministros europeos. Pese a las buenas intenciones que se traslucen en el Programa de la Presidencia española, será obra de titanes dar forma y vigor al nuevo marco institucional, crear políticas realistas y eficaces que respondan a problemas tan arduos como el cambio climático, la energía, la emigración, el desempleo. Para devolver a los ciudadanos europeos, afectados por la crisis económica, la ilusión primigenia que hizo grande a Europa. Los Padres fundadores encontraron un continente que aún sangraba por las heridas y los odios de la guerra y crearon ese milagro que unió a hombres y mujeres que pocos años antes se mataban en las trincheras y destruían con ferocidad sus campos, sus ciudades. Nuestra situación es infinitamente mejor. Otra Europa es posible. Está en nuestras manos. |
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