Cuentos para unas fechas especiales: “¿Dónde está mi sombra?”

La II Edición del Concurso Internacional de Cuentos “A todo color: Cuentos para luchar contra la discriminación de la infancia migrada y racializada” parte de la convicción de Movimiento por la Paz -MPDL- de que la literatura tiene un enorme potencial para remover conciencias y promover cambios hacia una mayor justicia social y para la construcción de una sociedad pacífica a la que aspiramos.

Estos cuentos visibilizan las expresiones de racismo y xenofobia que afectan, en especial, a la infancia y juventud migrada o racializada, en España o cualquier otro lugar del mundo. A través de estos cuentos queremos poner en común propuestas para la superación de estas discriminaciones y la garantía de la convivencia intercultural y diversa.

En estas fechas de unión, queremos compartir uno de ellos para reflexionar en familia. Te animamos a leer, descargar y compartir toda la antología de cuentos en: este enlace.


¿Dónde está mi sombra?

de Francisco García Jiménez

El día que Simbala llegó a su nueva casa, notó algo raro.
Muy raro.
Miró al suelo y… nada.
No tenía sombra.

—¡Uy! —dijo—. ¡Se me ha perdido!

Buscó debajo de la cama.
Buscó dentro de la mochila.
Buscó en los bolsillos.
Nada.

—Seguro que se me cayó en el viaje —murmuró.

Al día siguiente fue al colegio.
En el recreo, un niño gritó:

—¡Ese chico no tiene sombra!

Todos miraron a Simbala.
Unos se rieron.
Otros se apartaron.
Una niña preguntó:

—¿Eres un fantasma?

Simbala sintió frío en la espalda.
Esa noche, le preguntó a su madre:

—Mamá, ¿por qué se ha ido mi sombra?

Ella suspiró y le acarició la frente.

—A veces, cuando dejamos nuestra tierra, algo se queda atrás. Quizás tu sombra sigue en Kayar, jugando junto al mar.

Simbala cerró los ojos y la imaginó: su sombra corriendo por la arena, saltando entre las olas, trepando por las barcas. Feliz. Sin ganas de marcharse.

Los días siguientes fueron difíciles.
En el recreo, al saltar a la comba, todos tenían pareja.
Niño y sombra.
Salto y salto.
¡Plaf-plaf! ¡Plaf-plaf!
Pero Simbala saltaba solo.

En el parque también pasaba.
Los demás se tiraban por el tobogán.
Niño y sombra bajaban juntos.
Uno delante, otra detrás.
¡Fiuuuuu!
Pero cuando Simbala se lanzaba, bajaba solo.
Ni sombra, ni rastro.

Un día, Simbala escuchó a Ming cantar en chino.
No entendió la canción, pero su voz le acarició el corazón.
Y entonces… ¡zas!
Un pedacito de sombra apareció junto a sus pies.
Pequeño. Temblón. Como un cachorro escondido.

Al día siguiente, Nadia le enseñó a decir salam.
Simbala lo dijo bajito, con miedo.
Y la sombra creció un poco más.

Después, las gemelas Ami y Awa gritaron: come on!
Lola dijo: vamos.
Mayra se rio y dijo:

—Ahora te toca a ti.

Con cada palabra nueva que aprendía, aparecía un trocito de sombra en el suelo.

Simbala tuvo una idea.

—Si mi sombra no quiere venir, la completaré con dibujos.

Llevó un cuaderno y lápices al parque.
Ming dibujó un dragón.
Nadia dibujó una palmera.
Ami y Awa dibujaron trenzas rosas.
Lola dibujó un pajarito.
Mayra dibujó unas chanclas.

Simbala recortó los dibujos de sus amigos y los pegó con celo a su nueva y pequeña sombra.
Y cuando el sol se inclinó… ¡plof!
Los dibujos se levantaron y lo siguieron convertidos en sombra de papel.

Una sombra con cuerpo de dragón, brazos de palmera, pelo rosa trenzado, alas de pajarito y chanclas de cordel.

Era una sombra diferente.
Rara.
Rarísima.
Pero suya.
O, mejor dicho: de todos.

La sombra de papel era traviesa.
A veces corría más rápido que él.
A veces se quedaba mirando escaparates.
A veces estiraba sus brazos de palmera para hacer trampas jugando al pillapilla.

—¡Eh, sombra! ¡Eso no vale! —se reía Simbala.

La sombra le sacaba la lengua.

Con el tiempo, Simbala aprendió canciones nuevas.
Aprendió palabras nuevas.
Aprendió chistes nuevos.
Y su sombra creció.
Cada vez más firme.
Cada vez más suya.

Algunas veces le recordaba a su sombra antigua: la del mar y las barcas. La de Kayar.
Otras veces no se parecía en nada porque estaba llena de cosas nuevas.

Y Simbala pensó:

—No importa. Ahora es mejor.

Una noche, la sombra se despegó un poquito de sus pies.

—¿A dónde vas? —preguntó Simbala.

La sombra bailó en la pared.
Bailaba olas.
Bailaba gaviotas.
Bailaba coches y semáforos.
Bailaba frutas en la tienda.

—Ah… —susurró Simbala—. Quieres contarme historias.

Y la observó en silencio, como si viera una película en el cine.

Un día llegó un niño nuevo al colegio.
Se llamaba Luka.
Tenía los ojos asustados.
Simbala lo vio enseguida: Luka tampoco tenía sombra.

Los demás niños empezaron a murmurar.

—Otro raro.
—Seguro que es un fantasma.

Simbala se acercó.

—Ven —le dijo—. Préstame una palabra en tu idioma. Entre todos podemos dibujar tu sombra.

Luka abrió la boca.
Dijo una palabra extraña, llena de chispas.
Nadie la entendió.
Pero todos la repitieron.

Esta vez, Ming dibujó una nube.
Nadia, un sol.
Ami y Awa, un vestido.
Lola, un pez.
Mayra, una caracola.
Simbala dibujó el mar.

Y entonces apareció el primer trozo de sombra de Luka, al que pegaron todos los dibujos que habían hecho.

Los ojos de Luka dejaron de estar asustados.

El tiempo pasó.
Poco a poco, el patio se llenó de sombras nuevas.
Sombras que olían a especias.
Sombras que sabían a chicle.
Sombras que hacían cosquillas debajo de las mochilas.

Incluso las sombras de Ming, Nadia, Ami, Awa, Lola y Mayra cambiaron con los recortes de dibujos que les iban pegando con celo.

Los profesores se asustaron un poco.

—¡No es normal! —decían—. Las sombras deben ser oscuras. Quietas. Obedientes.

Pero las sombras nuevas eran divertidas.
Dibujaban en la pizarra.
Escondían tizas.
Hacían burbujas en los charcos.

Los niños reían.
Y al final, los profes también.

Un día, al acabar las clases, Simbala se quedó solo en el patio.
El sol estaba bajo, tan bajo que todas las sombras se hicieron larguísimas, como si quisieran escapar del suelo.

De pronto, su sombra se soltó del todo.
Se estiró, se estiró… y de un salto, ¡zas!
Su sombra trepó por la valla del colegio.

—¡Eh! —protestó Simbala—. ¿A dónde vas?

La sombra no respondió.
Bailaba en lo alto del muro, como una cometa sin hilo.

De pronto, aparecieron sus compañeros y sus sombras también hicieron lo mismo: la de Luka, la de Ming, la de Nadia, la de Ami y Awa, la de Lola, la de Mayra.
Todas subieron detrás de la suya.

Parecía que quisieran escaparse juntas, correr hacia algún lugar secreto.

Simbala las miró con un nudo en la garganta.
¿Se iría otra vez su sombra?
¿Lo dejaría solo de nuevo?

Pero entonces la sombra giró la cabeza y le hizo una seña con su brazo de palmera.
No decía adiós.
Decía: hasta luego.

Simbala y sus compañeros se rieron al ver a sus sombras irse como una bandada de pájaros.

Después de ese día, nadie supo contar bien lo que había pasado.
Algunas personas decían que habían visto un grupo de sombras volando por encima de los tejados.
Otras decían que habían escuchado risas de niños con palabras en mil idiomas.
Incluso muchas aseguraban que habían oído el sonido del mar, aunque el mar estaba lejos. Muy lejos.

A partir de entonces, cuando llegaban al colegio niñas y niños nuevos, los demás les contaban la misma historia:

—Aquí las sombras no son normales —decían.
—Aquí las sombras se dibujan, se recortan, se pegan, se mezclan, se inventan, se escapan y vuelven.
—Y si tienes paciencia, quizá la tuya también aprenda a volar.