Acción sin daño en el voluntariado internacional: reconocer al otro como sujeto político

Hablar de acción sin daño en el voluntariado internacional implica, ante todo, una reflexión profunda sobre cómo nos relacionamos con los territorios, las comunidades y los saberes que encontramos. No se trata solo de “hacer el bien”, sino de comprender desde dónde actuamos, con quiénes lo hacemos y qué impactos, visibles e invisibles, dejamos a nuestro paso.

Desde los planteamientos del sociólogo Boaventura de Sousa Santos sobre la colonización del saber y las epistemologías del Sur, se nos abre una clave fundamental para este análisis. Cuando hablamos del “Sur”, no nos referimos únicamente a un lugar geográfico. Hablamos de todas aquellas poblaciones históricamente excluidas y vulneradas: las mujeres, los movimientos sociales, los pueblos étnicos, las defensoras y defensores de derechos humanos. Hablamos también de espacios que, en determinados momentos, incluso nos atraviesan a quienes acompañamos estos procesos. En ese sur existe un conocimiento propio, situado, construido desde la experiencia y la resistencia, que no puede ni debe ser desconocido.

Un enfoque de acción sin daño nos exige reconocer esas otras epistemologías y comprender que el conocimiento no está solo en los libros ni en los marcos teóricos académicos. Muchas veces es oral, comunitario, ancestral, y se transmite en la vida cotidiana de los pueblos. Ignorarlo no solo reproduce relaciones desiguales de poder, sino que puede generar daños profundos en los procesos sociales que decimos acompañar.

En este sentido, el voluntariado internacional no puede concebirse desde una lógica vertical, donde unas personas “ayudan” y otras solo reciben. La acción sin daño nos invita a ver al otro y a la otra como sujetos políticos, no como simples destinatarios. Supone un ejercicio horizontal de responsabilidad y corresponsabilidad: una construcción conjunta donde todas las partes aprenden, aportan y deciden.

Esto implica también desmitificar ciertos imaginarios, especialmente sobre los pueblos étnicos. A menudo se les valora únicamente por sus saberes ancestrales, pero cuando esas comunidades asumen posturas políticas, exigen derechos o disputan espacios de poder, la relación deja de parecernos cómoda. Allí se revela la falta de horizontalidad y la dificultad de reconocer al otro como un actor autónomo, capaz de autodeterminar su futuro.

La acción sin daño requiere, además, una reflexión constante sobre nuestra propia actitud. Evitar el egocentrismo, no caer en narrativas salvacionistas, no hablar desde la figura del “salvador blanco”. Se trata de cultivar la empatía, entendida no como una emoción superficial, sino como una práctica ética que nos permite relacionarnos desde la igualdad y el respeto. El voluntariado está para acompañar, no para imponer; para compartir aprendizajes, no para protagonizar procesos que no nos pertenecen.

La legitimidad de lo que hacemos depende, en gran medida, de cómo nos relacionamos con las comunidades y organizaciones locales. Un acercamiento irresponsable —llegar, involucrarse superficialmente y marcharse sin cuidado— puede generar rupturas profundas. Tal vez no afecte la hoja de vida de quien hace el voluntariado, pero sí impacta directamente en las organizaciones que permanecen en el territorio y que trabajan, día a día, por mantener relaciones de confianza.

Por eso, la acción sin daño comienza incluso antes de viajar. Implica un ejercicio personal de reflexión y corresponsabilidad: preguntarnos si ese voluntariado es coherente con nuestro proyecto de vida profesional y personal, qué queremos aportar, pero también qué estamos dispuestas y dispuestos a aprender. Investigar el contexto, entender los procesos locales y asumir con honestidad el compromiso que conlleva estar en un territorio.

Al final, hay una verdad que atraviesa todos estos procesos: las instituciones se van, los proyectos terminan, las personas voluntarias regresan a sus países, pero las comunidades se quedan. El tiempo de voluntariado puede ser de meses o de un año, pero las relaciones construidas, el intercambio intercultural y las huellas que dejamos permanecen. Por eso, apostar por un voluntariado con enfoque de acción sin daño no es una opción ética menor; es una responsabilidad profunda con las personas, los territorios y los procesos de paz que decimos acompañar.