La escala de violencia debe finalizar
Desde Movimiento por la Paz -MPDL- condenamos con firmeza la escalada militar iniciada por Estados Unidos e Israel con sus ataques a Irán, quien desde entonces está también llevando a cabo agresiones sobre diferentes territorios en Oriente Próximo y en territorio de la UE, recientemente, en Chipre. Esta escalada de violencia debe finalizar: la violencia solo genera violencia.
No se trata de episodios aislados ni de respuestas puntuales, sino de una dinámica sostenida de uso de la fuerza que vulnera de manera reiterada el derecho internacional y consolida un escenario de violencia permanente en la región y en otros territorios del mundo.
Nos encontramos en un momento de ruptura de las reglas internacionales acordadas y establecidas tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que tal oscuro capítulo de la historia volviera a suceder. Un nuevo orden mundial que ha regresado a la vieja ley del más fuerte, al imperialismo a través del uso directo y a gran escala de la fuerza, a la militarización, la securitización y la inseguridad global. El Derecho Internacional, la diplomacia, el multilateralismo y el diálogo para la construcción de paz han sido intencionadamente ninguneados.
La violencia de estos últimos días está produciendo cientos de víctimas mortales, incluyendo las más de cien niñas asesinadas por un bombardeo israelí en su escuela en el sur de Irán, la destrucción de infraestructuras, provocando inestabilidad social, inseguridad alimentaria, limitaciones energéticas y contaminación medioambiental en una escalada de violencia con un fuerte impacto a nivel local, regional y global.
Qué lo explica
Ya lo hemos visto antes en la historia: la violencia solo genera más violencia en una espiral que no cesa. Gobiernos de varios de los grandes países del mundo en manos de líderes autoritarios e imperialistas cuyo objetivo es el reparto geoestratégico del mundo a través de la fuerza, generando el caos, en alianza con tecno-oligarcas que controlan gran cantidad de los canales de comunicación que utilizamos en el mundo.
El debilitamiento del multilateralismo, la falta de mecanismos efectivos de rendición de cuentas y el incumplimiento sistemático del derecho internacional humanitario por parte de estos países han generado un marco en el que la violencia se presenta como opción legítima.
La ausencia de voluntad política para abordar las raíces de los conflictos que atraviesan la región como las ocupaciones prolongadas, negación de derechos, desigualdades estructurales y una seguridad entendida exclusivamente en términos militares.
La militarización de la política exterior, en el que los ataques transfronterizos, la lógica de disuasión armada y la impunidad ante las violaciones del derecho internacional se han normalizado. La reiteración de estas prácticas erosiona los principios básicos de soberanía, protección de la población civil y resolución pacífica de conflictos recogidos en la Carta de las Naciones Unidas, y traslada el coste de la confrontación a las poblaciones civiles, que pagan con sus vidas una estrategia basada en la fuerza. La ausencia de mecanismos eficaces de prevención, alerta temprana y diplomacia preventiva ha contribuido a que las tensiones acumuladas desemboquen nuevamente en una escalada militar.
La normalización e impunidad de invadir, bombardear, asesinar o secuestrar en países terceros fuera de cualquier legalidad internacional con fines puramente estratégicos, alegando motivaciones que poco o nada tienen que ver con la realidad, haciendo uso de campañas basadas en la guerra cognitiva, la posverdad, la desinformación y la polarización a través de diferentes canales y medios.
Qué exigimos a nivel político como entidad:
No puede haber paz sin derecho internacional, ni seguridad construida sobre la destrucción de vidas civiles.
Es imprescindible un alto el fuego inmediato, el respeto estricto a la protección de la población civil y de las infraestructuras, y la reactivación de los canales diplomáticos bajo el marco del derecho internacional.
La comunidad internacional debe asumir su responsabilidad, reforzar el papel de Naciones Unidas y de los mecanismos independientes de investigación y de mediación, y garantizar la rendición de cuentas por las violaciones cometidas.
La fuerza no sustituye al diálogo ni la confrontación puede imponerse como forma de gobernanza internacional.
Cada ataque alimenta un ciclo de represalias que agrava el sufrimiento humano y la contaminación ambiental. Reafirmamos la necesidad urgente de retomar los canales diplomáticos, fortalecer la mediación internacional y apostar por el diálogo constructivo como única vía legítima y sostenible para alcanzar una paz justa y duradera.
El respeto al derecho internacional y el compromiso genuino con la negociación deben prevalecer sobre la lógica de la guerra.
¿Qué podemos hacer como ciudadanía activa?
- No normalizar la guerra ni la violencia, recordando que la guerra no es inevitable y que los conflictos no se resuelven con más armas, sino con diálogo, diplomacia y cooperación internacional.
- Desarrollar conciencia frente a la guerra cognitiva y la desinformación, contrastando la información antes de compartirla, siguiendo periodismo independiente y corresponsales sobre el terreno, y evitando difundir propaganda o contenidos que alimenten la polarización.
- Identificar y cuestionar discursos que deshumanizan, que justifican la violencia o presentan la guerra como única solución posible.
- Fomentar conversaciones críticas y responsables en la vida cotidiana, promoviendo el pensamiento reflexivo y el análisis informado en entornos familiares, educativos, comunitarios y digitales.
- Impulsar la educación y la cultura de paz, promoviendo el diálogo, la convivencia y la resolución no violenta de los conflictos en todos los espacios sociales.
- Participar activamente en la vida democrática, apoyando el activismo y la movilización social pacifista, y exigiendo responsabilidades políticas.
- Exigir a las instituciones públicas políticas coherentes con el derecho internacional, orientadas a la prevención de conflictos, el respeto a los derechos humanos y la búsqueda de soluciones diplomáticas.
- Apoyar a organizaciones humanitarias y de construcción de paz, especialmente aquellas que trabajan con poblaciones afectadas por conflictos armados y con personas refugiadas y desplazadas.
- Fortalecer redes de solidaridad y acogida, acompañando e integrando a personas refugiadas y víctimas de la guerra.
- Promover un consumo responsable, evitando contribuir a economías vinculadas a conflictos armados o a vulneraciones de derechos humanos.
