Mujeres y Paz frente a un mundo en guerra

El mundo atraviesa un momento de profunda fractura. La escalada de conflictos armados, el debilitamiento del derecho internacional y la normalización de la violencia como herramienta política dibujan un escenario global marcado por la inseguridad, el autoritarismo y la impunidad. Las guerras se reconfiguran, se expanden y se conectan entre sí, pero sus lógicas son acumulación de poder, control de territorios, intereses geoestratégicos y desprecio por la vida. A ello se suma el impacto de la crisis climática y ambiental, que actúa como multiplicador de conflictos y agrava la inseguridad en regiones ya marcadas por la desigualdad y la fragilidad institucional.

En Oriente Próximo, la situación ha dado un vuelco dramático tras los recientes bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos contra Irán, que han resultado en una respuesta inmediata de Teherán contra bases estadounidenses en la región, lo que amenaza con una guerra regional total que ya ha recrudecido las ofensivas en Líbano. Mientras tanto, en Gaza, a pesar de los intentos de tregua del año pasado, la violencia persiste de forma latente y devastadora. Simultáneamente, en Asia Central, la tensión ha estallado en una "guerra abierta" entre Pakistán y el régimen talibán de Afganistán con el inicio de bombardeos transfronterizos.

En Venezuela el país navega en una tensa transición tras la salida de Maduro del poder, marcada por la inestabilidad institucional y una crisis humanitaria que sigue empujando a miles al desplazamiento, evidenciando que la "paz" en estos territorios sigue siendo un objetivo frágil y constantemente amenazado por intereses autoritarios. La población de Cuba enfrenta un rápido deterioro de su situación humanitaria como consecuencia de las medidas económicas y comerciales impuestas por Estados Unidos. La crisis energética y las restricciones al acceso a combustible están afectando gravemente los servicios esenciales y golpeando con mayor fuerza a las personas en situación de vulnerabilidad.

En este contexto, las mujeres alzamos la voz para recordar que aunque las decisiones sobre la guerra y la seguridad siguen tomándose en despachos ocupados mayoritariamente por hombres, donde los valores de masculinidad hegemónica de fuerza y dominación alimentan la carrera armamentística, las consecuencias más cruentas recaen desproporcionadamente sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.

Precisamente este fin de semana leímos la terrible noticia del ataque israelí a la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh en Minab, al sur de Irán, mientras las niñas se encontraban en clase. El ataque causó al menos 165 personas asesinadas, la gran mayoría de ellas niñas, además de decenas de personas heridas. Puedes consultar más información en este enlace: https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/iran-llora-140-victimas-bombardeo-colegio-ninas-noticia-amarga_1_13030352.html .

Mujeres como constructoras de paz

En este marco cabe destacar también las violentas represiones que llevan años soportando las mujeres por parte del Estado iraní. Ellas, junto con jóvenes, activistas, periodistas y defensoras de derechos, han demostrado que la paz no puede construirse sobre la imposición ni el castigo, sino sobre la participación política, la igualdad efectiva y el reconocimiento pleno de derechos. Su resistencia, sostenida muchas veces desde prácticas pacíficas y de desobediencia civil, se convierte en un ejemplo del poder transformador de la acción ciudadana frente a la violencia.

El caso de las mujeres iraníes es un ejemplo de cómo frente a la destrucción, las mujeres hemos demostrado ser las arquitectas de la reconstrucción social: desde las mediadoras locales que negocian corredores humanitarios y treguas comunitarias, hasta las activistas que exigen el cumplimiento de la agenda de Mujeres, Paz y Seguridad, impulsada por la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (2000). Dicho documento reconoce el impacto desproporcionado de los conflictos armados en mujeres e insta a incrementar la participación y representación de las mujeres en la prevención, la gestión y la solución de conflictos, y a garantizar la protección y el respeto de los derechos humanos de las mujeres y las niñas, particularmente contra la violación y otras formas de violencias sexuales en situaciones de conflicto armado.

Precisamente, ahora más que nunca, denunciamos cómo en cualquier conflicto armado, el cuerpo de las mujeres se convierte en parte del campo de batalla. La violencia sexual no es un "daño colateral" inevitable; es una herramienta estratégica de guerra diseñada para humillar y desarticular comunidades enteras.

Más allá de la violencia directa, somos nosotras quienes conformamos la inmensa mayoría de las poblaciones desplazadas y refugiadas, enfrentando riesgos extremos de trata y explotación en las fronteras. En medio del caos, las mujeres seguimos asumiendo de forma desproporcionada la responsabilidad de sostener los cuidados y garantizar la supervivencia cotidiana. Mientras las estructuras políticas y militares priorizan la confrontación, somos nosotras quienes alimentamos, sanamos y protegemos a las infancias y a las personas más vulnerables, tejiendo redes de apoyo y resistencia y ejerciendo un liderazgo comunitario clave para prevenir la escalada de la violencia, alertar sobre los riesgos y defender el diálogo en nuestros territorios.

En medio del caos, somos también quienes sostenemos la economía de cuidados en crisis, alimentando, sanando y protegiendo a la infancia sin recursos, transformando la precariedad en resistencia cotidiana.

No habrá paz mientras una sola mujer sea víctima de la violencia de cualquier Estado, propios o extranjeros, o de la violencia machista en contextos de guerra. Hoy recordamos al mundo que sin nosotras no habrá paz.