William Martínez: "En una maleta de diez kilos traía toda mi vida"

En el marco del Día Mundial de las Personas Refugiadas, conversamos con William Martínez, refugiado hondureño y defensor de derechos humanos. Durante años acompañó a personas LGTBIQ+ víctimas de violencia en uno de los contextos más hostiles de Centroamérica. Tras sufrir una agresión y recibir amenazas por su labor como defensor de derechos humanos, se vio obligado a abandonar su país. Hoy vive en España, donde obtuvo protección internacional y trabaja en el ámbito de la salud comunitaria, pero sigue reflexionando sobre las consecuencias del exilio, la pérdida de las raíces y la importancia de defender el derecho a vivir.

¿Quién es William Martínez?

Soy hondureño, tengo 42 años y llevo siete viviendo en España. En Honduras trabajaba en la promoción y defensoría de los derechos humanos dentro de una organización LGBT. Coordinaba el área de seguridad psicosocial y acompañaba a personas que sufrían agresiones, discriminación o violencia por su orientación sexual o identidad de género.

La parte bonita era trabajar con las emociones, empoderar y sensibilizar a las personas. La parte difícil era ir a reconocer cadáveres de compañeros asesinados por crímenes de odio o acompañar denuncias de personas que habían sido agredidas física y sexualmente.

¿Por qué decidiste dedicarte a esta labor?

Porque yo mismo viví la exclusión. Fui expulsado de mi hogar por mi orientación sexual. Literalmente me tiraron a la calle. No lo pasé nada bien y pensé que otras personas no tenían por qué pasar por lo mismo. Conocí el trabajo de las organizaciones y encontré una forma de aportar mi granito de arena.

Lo que más me gustaba era poder acompañar a otras personas desde un lugar que yo conocía. No porque hubiera vivido exactamente lo mismo, sino porque entendía el dolor, la soledad y el miedo que estaban sintiendo.

¿Cómo era trabajar defendiendo derechos humanos en Honduras?

Ser homosexual en mi país no está castigado por la ley, pero muchas veces es una condena de muerte. Tienes a la sociedad en contra, a la familia en contra, a tus propios familiares en contra. Muchas veces te quedas solo.

Por eso la organización donde trabajaba era mucho más que una ONG. Era nuestra casa. Un espacio donde podíamos ser nosotros mismos, donde podíamos expresarnos libremente sin miedo a que nos criticaran o nos mataran por ser quienes éramos.

Fuera de ese espacio, la realidad era muy distinta. Vivíamos en un contexto de violencia extrema. Después de las marchas del Orgullo teníamos que activar protocolos de seguridad porque sabíamos que podían producirse agresiones o asesinatos. Había que comprobar que todas las personas habían regresado a casa sanas y salvas.

Era una lucha diaria por seguir vivos.

¿Y qué ocurrió para que tuvieras que abandonar el país?

Por mi trabajo era una persona conocida. Policías, instituciones y organismos públicos sabían quién era porque yo acompañaba denuncias y buscaba a compañeros desaparecidos.

Un día me detuvo la policía militar cuando salía del trabajo. Me pidieron la documentación y ahí comenzó todo.

Sabía perfectamente lo que me podía pasar porque llevaba media vida acompañando casos similares. Cuando detenían a muchos de mis compañeros, sufrían abusos, agresiones o directamente los asesinaban.

A mí me pasó. Creyeron que me habían matado, pero sobreviví.

Después denuncié lo ocurrido y fue peor. Empezaron las amenazas para que retirara la denuncia. También amenazaron a mi familia y a las personas cercanas a mí.

Entonces las organizaciones con las que trabajaba tomaron la decisión de sacarme del país porque me iban a matar. En menos de 48 horas estaba en España.

¿Cómo fue esa salida?

Fue una de las experiencias más difíciles de mi vida. Mi familia ni siquiera lo sabía. Les dije que iba a viajar por trabajo, como había hecho otras veces. En una maleta de diez kilos traía toda mi vida.

Y era una vida que no quería dejar atrás.

Nunca soñé con salir de mi país. Yo estaba feliz haciendo lo que hacía. Era duro, era doloroso, pero era mi lugar.

Cuando aterricé en España, no conocía a nadie, no entendía cómo funcionaba el país. No sabía lo que era un metro ni una estación de tren. No traía dinero. No traía nada… y no quería estar aquí.

Los primeros meses fueron muy complicados, pero encontré personas que me ayudaron. Gracias a una red de apoyo pude acceder al procedimiento de asilo y comenzar de nuevo.

Desde tu llegada han pasado siete años. ¿Cómo miras ahora aquel proceso?

Es una pregunta difícil. Estoy agradecido porque aquí puedo vivir con derechos que en mi país no tenía. Puedo ser William sin miedo.

Pero el exilio tiene consecuencias que no siempre se ven. Hay una parte de mí que se quedó en Honduras y que nunca voy a recuperar. No es solo cambiar de país, es perder tu lugar, tus referencias y gran parte de tu identidad.

¿Qué piensas cuando escuchas propuestas para endurecer las políticas migratorias y de asilo?

Me duele porque creo que olvidamos algo muy básico y es que antes que cualquier otra cosa somos seres humanos. Y todo ser humano tiene un derecho y ese derecho es vivir.

Nadie abandona su hogar porque sí. Yo no quería estar aquí. Quería estar en mi país, con mi gente, con mi cultura y con mis raíces. Yo estoy hecho de maíz y frijoles.

Pero volver significa morir.

Cuando se levantan muros o se cierran fronteras, muchas veces se pierde de vista que detrás de cada expediente hay una vida, una historia, una persona que busca protección.

¿Qué mensaje trasladarías a quienes toman esas decisiones?

Les diría que intentaran comprender las realidades que viven muchas personas en distintas partes del mundo.

Es muy fácil decidir desde la distancia. Lo difícil es imaginar lo que supone abandonar tu hogar porque no tienes otra opción.

Cualquiera puede convertirse en una persona refugiada. Hoy podemos sentirnos seguros, pero nadie sabe qué ocurrirá mañana.

Si pudieras hablar con el William que llegó a España hace siete años, ¿qué le dirías?

Le diría que va a sufrir mucho y que nada será fácil. También le diría que nunca volverá a ser la misma persona.

Pero, sobre todo, le recordaría que merece vivir.

Y que se agarre al amor. Porque el amor ha sido lo que me ha mantenido vivo durante todo este tiempo.