Acción humanitaria en Líbano en un contexto de escalada de violencia

Más de un millón de personas se han visto desplazadas en Líbano en las últimas semanas, en un país ya marcado por años de crisis económica, institucional y social. En este contexto, el trabajo humanitario se enfrenta a desafíos constantes, desde la adaptación de los proyectos hasta la gestión del riesgo en un escenario de violencia creciente. Hablamos con el responsable de programas de Acción Humanitaria en Líbano de Movimiento por la Paz -MPDL- sobre qué significa trabajar en este contexto, cómo adaptar proyectos sobre la marcha, gestionar riesgos y priorizar lo urgente, sin dejar de construir paz incluso en medio de la violencia.

¿En qué consistía tu trabajo como responsable de programas de acción humanitaria en Líbano?

Mi trabajo combinaba la gestión de proyectos, la coordinación con socios locales y la adaptación de las intervenciones a las necesidades de la población, incluyendo personas desplazadas internas y refugiadas sirias y palestinas. También implicaba integrar el enfoque de cultura de paz en un contexto muy tensionado.

Con la escalada reciente del conflicto, las funciones han cambiado hacia una gestión más operativa de la emergencia. El desplazamiento de más de un millón de personas, cerca de una quinta parte de la población, ha obligado a reconfigurar prioridades, adaptar actividades y centrarse en la respuesta inmediata a necesidades básicas.

También participabas en la revisión de los planes de seguridad. ¿Por qué es clave en este contexto?

Líbano presenta numerosos riesgos para la acción humanitaria. El trabajo implica exposición a amenazas directas, dificultades de acceso y tensiones en el territorio.

En este contexto, los planes de seguridad son esenciales para proteger tanto a los equipos como a las personas que participan en los proyectos. La situación actual, con bombardeos y desplazamientos masivos, exige una preparación constante ante emergencias y una adaptación continua.

¿Cómo se está viviendo esta nueva fase de violencia en un país ya marcado por la crisis?

La sociedad libanesa tiene una gran capacidad de adaptación, pero vive en un ciclo de crisis continua. Esta nueva escalada se percibe como una prolongación de la violencia previa, con una fuerte sensación de incertidumbre.

Las evacuaciones, el cierre de escuelas, el aumento de precios y la falta de recursos están deteriorando aún más las condiciones de vida. Muchas familias viven con miedo constante, escuchando explosiones o drones, sin saber qué ocurrirá.

¿Cómo impacta esta violencia en el trabajo de las organizaciones humanitarias?

El impacto es profundo. Se paralizan o ralentizan actividades, se limita el acceso a comunidades y se dificulta el suministro de recursos.

Las organizaciones tienen que reorientar sus intervenciones hacia necesidades básicas como alimentos, refugio o higiene. Además, existe un riesgo creciente para los equipos. En nuestro caso, hemos vivido la pérdida de una trabajadora de una organización socia en un bombardeo, lo que evidencia la gravedad del contexto.

¿Qué importancia tiene el enfoque de construcción de paz en vuestro trabajo?

Es un elemento clave. Los proyectos buscan fortalecer la convivencia y responder a las necesidades básicas desde una perspectiva de paz positiva.

En un contexto con gran diversidad social y tensiones acumuladas, promover espacios de convivencia y trabajar con las comunidades, especialmente a través de liderazgos locales y de las mujeres, es fundamental para sostener procesos a largo plazo.

¿Qué papel están desempeñando las mujeres en esta situación?

Las mujeres están teniendo un papel central en la gestión diaria y en la búsqueda de soluciones. En un contexto de desplazamiento masivo, hay más de 12.000 familias desplazadas lideradas por mujeres.

A pesar de la situación, se están impulsando iniciativas de medios de vida lideradas por mujeres para generar ingresos y mantener cierta autonomía, incluso en condiciones de emergencia.

¿Estáis observando impactos diferenciados en mujeres y hombres?

Sí. Las mujeres enfrentan riesgos específicos que se agravan en contextos de desplazamiento, como la falta de privacidad, condiciones inadecuadas en refugios o mayor exposición a la violencia.

En los albergues colectivos, alrededor de 900 en todo el país, las condiciones son muy precarias y, en muchos casos, insuficientes para acoger al volumen de población desplazada. Además, se estima que hay más de 12.000 familias desplazadas lideradas por mujeres, lo que evidencia un impacto de género significativo.

A esto se suma una sobrecarga de cuidados que se intensifica con el cierre de escuelas y la acogida de otras familias, aumentando su responsabilidad en el sostenimiento de la vida cotidiana.

¿Cómo se vive la incertidumbre en el día a día sobre el terreno?

La exposición constante a la violencia genera miedo y vulnerabilidad. En momentos críticos, como incursiones armadas o bombardeos, la situación se vuelve especialmente difícil.

En estos contextos, el apoyo del equipo, el acceso a información y los espacios para compartir lo vivido son fundamentales para poder gestionar la situación.

Has tenido que salir del país. ¿Qué dificultades implica?

La salida es compleja por las limitaciones de infraestructuras y seguridad. El acceso al aeropuerto implica riesgos, y la disponibilidad de vuelos es muy reducida.

Esto obliga a una planificación cuidadosa y a asumir incertidumbre incluso en el proceso de salida.

¿Cómo están viviendo esta situación el equipo local y las comunidades?

Los equipos trabajan con medidas extraordinarias, priorizando la seguridad y adaptando las actividades. Muchas familias del propio equipo también se han visto afectadas por desplazamientos.

Las necesidades principales de las comunidades se centran en alimentos, higiene, refugio y recursos básicos para sobrevivir.

¿Qué realidades quedan fuera del foco cuando se habla del conflicto?

Queda invisibilizada la vida cotidiana de las personas: sus estrategias de supervivencia, el impacto emocional o la transformación de las relaciones comunitarias.

También las desigualdades, ya que no todas las personas viven el conflicto de la misma manera.

¿Qué debería comprender mejor la sociedad sobre lo que está ocurriendo?

Que no se trata de un episodio aislado, sino de una acumulación de crisis. La violencia actual agrava una situación ya muy frágil.

Detrás de los datos hay vidas marcadas por la pérdida de condiciones básicas, el miedo y la incertidumbre. Sin garantizar condiciones mínimas de dignidad, no es posible avanzar en procesos de recuperación ni de construcción de paz.