“El arte es el único territorio que el ser humano lleva consigo dondequiera que esté, ni la política puede quitártelo, ni la guerra, ni tampoco la migración”

Fereshta Salehi tuvo que aprender a mirar sin ser vista. Fotógrafa afgana especializada en documental social y fotografía artística, desarrolló gran parte de su trabajo bajo el régimen talibán, documentando en secreto la vida de mujeres y niñas que seguían estudiando, trabajando o practicando deporte pese a las prohibiciones. Tras abandonar Afganistán, encontró refugio en España, donde reconstruye su vida mientras reflexiona sobre identidad y exilio. En esta entrevista, Salehi habla del poder de la fotografía como herramienta de resistencia, de la necesidad de humanizar las historias de las personas refugiadas y de la fortaleza de las mujeres afganas.

1. Para comenzar, ¿cómo ha sido tu recorrido personal y artístico desde Afganistán hasta España?

Llevo unos siete años trabajando como fotógrafa freelance. Hago sobre todo fotografía documental social, de moda y artística. Empecé antes de que los talibanes tomaran el poder en Afganistán. Al principio tenía un pequeño estudio local. Después, con la ayuda de ACNUR, hice cursos de fotografía de moda y documental social.

Cuando los talibanes regresaron al poder, todo cambió de repente. Se prohibió a las mujeres trabajar, estudiar y viajar sin un mahram. Como muchas otras mujeres, me vi obligada a continuar mi trabajo en secreto.

Durante ese tiempo documenté a chicas que estudiaban, trabajaban y practicaban deporte de forma clandestina. También empecé a recopilar documentación sobre el genocidio de los hazaras y continué desarrollando proyectos de fotografía artística.

Poco a poco, debido a las amenazas y a la falta de seguridad, me vi obligada a abandonar mi país. Me trasladé a Irán, donde viví durante tres años.

Más tarde solicité un visado humanitario y encontré refugio en España.

2. La fotografía tiene la capacidad de documentar la realidad, pero también de transformarla. ¿En qué momento entendiste que tu trabajo podría ser una herramienta para generar memoria o incluso reivindicar derechos?

Comprendí profundamente el valor de este trabajo cuando me di cuenta de que los grandes medios de comunicación suelen ignorar gran parte de la realidad cotidiana de mi gente. Las fotografías que tomo de mujeres y de la vida diaria en Afganistán pueden convertirse, dentro de unos años, en el único testimonio de una época concreta: el régimen talibán.

Por eso, para mí la fotografía es una forma de preservar la memoria colectiva y documentar la vida de quienes rara vez tienen la oportunidad de ser vistos o escuchados. Estas imágenes pueden convertirse en documentos históricos que muestren cómo vivieron las personas y cómo resistieron frente a las restricciones impuestas.

3. ¿Cómo influye el hecho de ser mujer y afgana en la forma que miras el mundo a través de la cámara?

Como mujer afgana, en este momento debo aprender a ser invisible para estar segura, pero ser fotógrafa significa ser visible y valiente. Esta contradicción cambió mi perspectiva y me cambió a mí misma.

Aprendí a documentar las capas más profundas de la vida de la gente, especialmente de las mujeres. Como mujer, he sentido la discriminación, la limitación y, al mismo tiempo, la resistencia. Esta experiencia me lleva hacia temas que quizás otros fotógrafos pasan por alto con facilidad.

4. Muchas personas refugiadas se enfrentan al desafío de reconstruir su vida en un nuevo país. En tu experiencia, ¿ha sido la fotografía una forma de refugio emocional, de resistencia o de supervivencia?

Para mí han sido las tres cosas.

Creo que el arte no cambia si es fotografía, pintura o tocar la guitarra. El arte es el único territorio que el ser humano lleva consigo dondequiera que esté. Ni la política puede quitártelo, ni la guerra, ni tampoco la migración.

A través del arte pude hacer amigos durante la migración, conectar con la gente y conocer, capa por capa, una nueva sociedad, su cultura, sus costumbres y su forma de vida.

5. Desde tu llegada a España, ¿ha cambiado tu manera de entender conceptos como identidad u hogar?

Sí, ha cambiado. Y este cambio todavía no se ha estabilizado. Hoy vivo en una especie de estado suspendido.

Por un lado, en España tengo cosas que en mi país eran un sueño: seguridad y libertad. Aquí puedo estudiar, trabajar, viajar y ser quien yo quiera ser. Pero, por otro lado, todo mi corazón y mi alma se quedaron en mi tierra. Mis referencias todavía no están claras y aún no sé exactamente dónde pertenezco.

Además, el propio refugio está lleno de desafíos. Cuando llegas a un lugar nuevo, tus prioridades cambian. Mi prioridad ahora es aprender el idioma, encontrar trabajo y tener una casa, y todavía no he conseguido ninguna de esas tres cosas.

6. Con frecuencia, las historias de las personas refugiadas quedan reducidas a cifras o titulares. ¿Qué crees que puede aportar la fotografía para acercar esas experiencias al público desde una perspectiva más humana?

La fotografía les da identidad a esas estadísticas. Les da rostro, nombre y humanidad.

El espectador deja de enfrentarse a un número para encontrarse con una persona real, alguien que tiene sueños, familia, recuerdos y una historia propia. La fotografía puede mostrar que una persona refugiada, hasta hace pocos meses, era profesora, médico o músico.

Es una madre, un padre, una hermana, un hermano o una persona joven con aspiraciones y proyectos. La fotografía tiene la capacidad de recordarle al público que esa persona podría haber sido cualquiera de nosotros si las circunstancias hubieran sido diferentes.

7. Las mujeres afganas suelen aparecer en los medios a través de narrativas marcadas por el conflicto o la vulnerabilidad. ¿Qué importancia tiene para ti mostrar también otras dimensiones de sus vidas?

He intentado hacer este trabajo dentro de mis posibilidades, aunque lamentablemente todavía no existen las condiciones adecuadas para publicar muchas de mis fotografías.

Tengo imágenes de niñas que estudian en escuelas clandestinas. Tengo fotografías de gimnasios ocultos donde las mujeres practican deporte en secreto. También tengo fotografías de las protestas de mujeres frente a los talibanes.

Mis hermanas, de todas las maneras posibles, dicen “no” cada día a las políticas impuestas por los talibanes. Todo eso es resistencia y esperanza.

Para mí es fundamental mostrar no solo el sufrimiento de las mujeres afganas, sino también su fuerza, su dignidad y su capacidad para seguir adelante.

8. ¿Qué papel crees que puede desempeñar el arte, y en particular la fotografía, como herramienta para reconstruirse después del exilio?

La fotografía no hace milagros, pero puede darle forma al dolor, a la esperanza y a la nostalgia.

También te da una identidad. Hoy muchas personas, después de escuchar mi nombre, me preguntan: “¿Tú eres fotógrafa? ¿Tú eres artista?”. Algo tan simple como eso me da confianza en mí misma.

Estoy en una etapa de mi vida en la que mi familia no está a mi lado, no puedo volver a mi país, siento una profunda nostalgia, no tengo una casa propia y todavía no domino el idioma. En medio de todo eso, mi arte es mi única alegría.

9. Mirando hacia el futuro, ¿qué historias sientes que aún necesitan ser contadas sobre las personas refugiadas?

La gente necesita ver nuestra riqueza cultural y nuestros logros. Llegamos aquí y tuvimos que empezar desde cero, literalmente desde la nada.

Aprendimos idiomas nuevos para sobrevivir, fracasamos muchas veces y muchas veces volvimos a levantarnos. Dejamos atrás nuestras raíces, nuestros amigos y gran parte de nuestra vida. Guardamos los recuerdos de nuestra infancia en una maleta de 23 kilos y seguimos adelante.

Para nosotros, el éxito es una necesidad. Cada uno de nuestros pasos es observado y comparado. Con cada logro sentimos que debemos demostrar que tenemos derecho a quedarnos.

Incluso cuando alcanzamos una meta importante, muchas veces sentimos que no es suficiente y que todavía estamos por detrás de los demás. Existen muchas historias sobre las personas refugiadas y, especialmente, sobre las mujeres afganas que aún no han sido contadas y que merecen ser escuchadas.