“Aunque esté aquí en España, mi vida y mis sentimientos están en los campamentos”

Los recortes en la financiación humanitaria están agravando una crisis que la población refugiada saharaui lleva décadas soportando en los campamentos de Tinduf. La reducción de la ayuda internacional afecta ya al acceso a alimentos, agua, gas, educación y servicios básicos para miles de personas que dependen casi por completo de la asistencia exterior para sobrevivir. En este contexto de creciente incertidumbre, hablamos con Hayetna Mustafa, socióloga y exprofesora saharaui que creció en los campamentos y que hoy reside en España. A través de su experiencia personal, recuerda las dificultades de una infancia marcada por el exilio y explica cómo el encarecimiento de la vida y la disminución de la ayuda están deteriorando aún más las condiciones de vida de las familias saharauis refugiadas.

¿Cómo describirías las condiciones de vida en los Campamentos de Población Saharaui Refugiada a alguien que nunca ha estado allí?

Son un poco complicadas, una situación difícil. Imagínate un pueblo que lleva viviendo en la hamada (desierto pedregoso) 50 años, medio siglo, con 50 grados de calor. Ahora con menos ayuda humanitaria porque todo el mundo está sufriendo guerras: Ucrania, Palestina. Las familias que no tienen un hijo trabajando fuera de los campamentos no pueden salir adelante. Le aconsejo a toda la gente que no haya ido nunca a los campamentos que vaya para ver aquello, porque contarlo no es como verlo. Va a conocer muchas cosas y a apoyar la justicia y los derechos humanos.

¿Qué recuerdos tienes de tu infancia en los campamentos?

Tengo recuerdos inolvidables. Crecer donde no hay nada se te queda marcado en la memoria para siempre.

Tengo dos recuerdos. El primero es que, como no había escuelas ni institutos, los niños tenían que ir a un internado en Argelia a estudiar durante el curso durante varios años consecutivos. Resulta muy duro separarte de tus padres todo ese tiempo cuando eres pequeño, aunque te reencontraras durante el verano. Ahora gracias al gobierno saharaui, organizaciones y asociaciones ya podemos acceder a la educación primaria y secundaria en los campamentos.

El segundo recuerdo que quiero destacar es los dos veranos que vine con el proyecto Vacaciones en Paz a una familia de acogida en Galicia (España). Vienes para disfrutar y olvidar el sufrimiento que producen las condiciones de vida en los campamentos. Cuando venía a España, veía piscinas, mar, parques… eso no lo conocía previamente. Veía a niños y niñas disfrutando de ello durante toda su vida, mientras que yo solo podía hacerlo durante el verano, durante una temporada que se acababa. Hubo un momento en que ya no pude venir más porque había que dejar paso a otros más pequeños.

¿Cómo comenzó tu carrera como profesora? ¿Qué dificultades atraviesa una persona refugiada para llegar a formarse?

Estudié sociología en Argelia y busqué trabajo digno en los campamentos al volver. Preparé un CV y lo dejé en todas partes. Esperé a que me llamaran, pero nadie lo hizo. Se me ocurrió entrar a las escuelas a dar clase a los niños. Así lo hice entre 2018 y 2022 en una escuela cercana que había en El Aaiún. Cogí experiencia y aprendí muchas cosas apoyando a los chicos. Ahora en España estoy pensando en dar clases a migrantes que no hablen español.

Durante tu etapa como profesora, ¿qué obstáculos encontraban los estudiantes para continuar con su formación?

Muchas cosas. En primer lugar, los niños necesitan transporte. No hay autobuses para trasladarse a la escuela. El calor entra a últimos de marzo y los niños vienen andando desde sus jaimas durante 20 o 30 minutos. El transporte nos evitaría tener que caminar bajo el sol abrasador. Por otro lado, en las escuelas no hay bibliotecas. De hecho, hay cinco bibliotecas en todo el país. Los niños necesitan aprender a leer desde pequeños, pero no hay posibilidad de acceder a libros. Todo el mundo tiene ganas, pero no hay oportunidades para refugiados. En definitiva, la falta de transporte y bibliotecas, y el calor son los principales obstáculos.

Por lo que te cuentan familiares o antiguos compañeros, ¿cuáles son hoy los principales retos de las escuelas en los campamentos?

Afecta la climatología. Una tormenta de arena puede hacer volar el techo. Cuando llueve muy fuerte, la escuela se puede derrumbar, algo que ha pasado muchas veces. No hay dinero para levantarla de nuevo, y los niños se quedan meses sin estudiar. Necesitan una asociación que ponga el dinero. Las escuelas se suelen hacer de barro al estilo tradicional, pero ahora se están construyendo cuando se puede con cemento para que aguanten más. En cuanto al profesorado, hay suficiente gente formada, pero lo que no existen son oportunidades laborales.

¿Hay alguna experiencia que te marcara especialmente y que nos ayude a entender cómo era crecer allí?

La vida es muy dura. Siempre defiendo a los árabes. Cuando te ven con un pañuelo, piensan que somos brutos, que somos violentos. No es así. Somos gente normal, con sentimientos, no queremos guerras, solo queremos paz.

La primera, en el año 2021. Me di cuenta de que un alumno estaba faltando a las clases, y pregunté. Resulta que a su padre lo había matado un dron marroquí. Al ver la cara de mi alumno, que tendría 7 u 8 años y ya era huérfano, me quedé llorando todo el día.

La segunda es que muchas personas enfermas no pueden salir de los campamentos. No pueden pagar el visado, no contamos con tratamientos para ciertas enfermedades, nuestros hospitales no están tan bien dotados como los de EE. UU. o Europa. Mucha gente muere de enfermedades “leves” por falta de tratamiento. Me pregunto: ¿Por qué estos niños se quedan huérfanos, ¿por qué la gente muere de estas enfermedades? Este domingo murieron por un ataque marroquí tres jóvenes que tenían hijos. La vida nos es justa.

¿Qué dificultades cotidianas de acceso a suministros y alimentación te cuentan tus familiares que siguen viviendo en los campamentos?

Aunque esté aquí en España, mi vida y mis sentimientos están en los campamentos. Nos encontramos con muchas dificultades. Cada vez contamos con menos ayudas porque hay más guerras. En Ucrania, Palestina, Sahara. Cuando volvió la guerra, empezaron a subir los precios: de los alimentos, del gas, de todo en general. Podemos ir a Tindouf (Argelia) a comprar, pero son precios muy caros para una persona refugiada. Y hay que ir en taxi, y eso ya cuesta. Por ejemplo, cuando daba clases, me pagaban 300 dinares (75 euros). Con eso saldaba mis deudas, y me quedaba sin nada.

¿Qué implica ser mujer en los campamentos?

La vida es dura, pero he aprendido muchas cosas. Tener fe, luchar por lo que queremos, la voluntad, la paciencia, y ser una persona valiente, fuerte, positiva y con energía. Para aguantar en los campamentos necesitas todo esto. No hay mucho trabajo, ni para hombres y mujeres. Lo único que hay para mujeres es dar clase en las escuelas.

¿Alguna vez has sentido discriminación por el hecho de ser refugiada?

Muchas veces, porque la vida me enseñó que la mayoría de la gente apoya a quienes tienen más dinero y poder. La cantante sahauri Mariem Hassan escribió la canción La Shouka (espina) hablando de la traición histórica hacia el Sahara por parte de González.

¿Conoces algún proyecto o iniciativa de apoyo que haya tenido un impacto significativo en la vida de las familias?

Hay proyectos que apoyan el lado social. Vacaciones de Paz, que lleva a los niños a España durante el verano.

Sogabs es una asociación gallega que traslada médicos a los campamentos dos o tres veces al año. Antes de ir, piden apoyo para recoger medicamentos a farmacias y a la ciudadanía en general. La gente responde solidariamente. Cuando hacen las consultas en los campamentos, dan recetas, pero también medicinas. Tiene un hospital llamado Galicia en la wilaya del 27 de febrero. Allí atienden a personas residentes en otras wilayas también.

Madrasa (escuela) es otra asociación que gestiona un proyecto educativo para jóvenes saharuis. Los niños que vienen con el programa Vacaciones en Paz solo pueden hacerlo durante cuatro veranos para dar cabida a más chavales. Con este proyecto, Madrasa da la posibilidad de que estos chicos puedan venir durante el resto del año a estudiar a España con el apoyo de sus familias de acogida.

Cuba envía médicos especialistas, entre ellos, un ginecólogo, al hospital más grande de los campamentos, Rabuni. Vienen para periodos largos.

La asociación Ojos del mundo trae oftalmólogos y material, con posibilidad de hacer operaciones de la vista si fuera preciso.

Hay asociaciones pequeñas sahauris que se supervisan que los niños huérfanos cuenten con sus necesidades cubiertas.

DRC y SHISP dan formación y hacen préstamos reducidos a fondo perdido para quién quiere montar un pequeño negocio y presente su proyecto. Mi hermana estudió costura, y necesitaba costearse el local y equipo de coser. Con su ayuda pudo salir adelante.