“En Colombia, estamos en un proceso de reconstrucción lento, tanto de los corazones y las almas, como de las estructuras físicas”

Entrevistamos a María del Mar Londoño, chocoana, lideresa e integrante de la organización Brillos del Sol sobre las consecuencias del terremoto sufrido hace dos meses en el Chocó (Colombia)

Por: Duvan Suárez Bohorquez

Equipo de comunicación de Movimiento por la Paz en Colombia

El terremoto no terminó cuando la tierra dejó de moverse aquel 10 de agosto de 2026. Las réplicas fueron múltiples, aunque con menor intensidad. En el Chocó, Colombia, las huellas permanecen en las viviendas agrietadas, en las escuelas que aún no funcionan y, sobre todo, en el miedo de quienes cada día intentan recuperar una vida que cambió de un momento a otro.

María del Mar Londoño, abogada, chocoana, lideresa e integrante de la organización Brillos del Sol, vivió el terremoto estando en su casa. Tenía a su hija de dos años en brazos cuando comenzó la sacudida. Mientras bajaba las escaleras, sentía cómo detrás de ella caían escombros, pintura y objetos de las paredes. Después llegaron los días durmiendo bajo la zozobra.

“Las piernas a mí no me dejaron de temblar”, recuerda. Su experiencia también le permitió dimensionar el impacto emocional que todavía atraviesan otras mujeres. Durante una réplica, vio cómo sus compañeras lideresas regresaban emocionalmente “al día uno”.

Los hechos han vuelto a señalar los riesgos que sufren especialmente las niñas y mujeres en situaciones de emergencia. La pérdida de viviendas, la desescolarización y las responsabilidades de cuidado las dejan más expuestas a distintas formas de violencia que afectan profundamente a su bienestar emocional.

Movimiento por la Paz -MPDL- en Colombia ha charlado con María del Mar sobre la situación que vive en este momento el pueblo chocoano, dos meses después del terremoto.

¿Cómo están viviendo hoy las comunidades esta emergencia?

Estamos viviendo tiempos difíciles. Las réplicas no paran y la emergencia no ha culminado. Estamos viviendo con miedo, angustia y tristeza. Muchas personas perdieron su casa, perdieron todo por lo que habían trabajado durante una vida entera. Estamos en un proceso de reconstrucción lento, tanto de los corazones y las almas, como de las estructuras físicas.

¿Cómo está afectando esta situación particularmente a las mujeres y las niñas?

La afectación para mujeres y niñas es diferenciada y profunda. Las niñas que están en albergues están más expuestas a violencias físicas, emocionales y sexuales. Muchas han salido de las escuelas y han asumido labores domésticas y de cuidados. Esto afecta sus emociones, su autoestima y también su futuro. La afectación emocional es muy grave. Cuando sentimos una réplica de 4.2, vi las caras de mis compañeras y lideresas y fue como volver al día uno. Ahí me di cuenta de que no estamos bien y que necesitamos ayuda. Hay personas que ven una grieta, incluso si es solo pintura, y no quieren estar allí. La afectación emocional es muy grande y todavía necesitamos apoyo.

¿Cómo han contribuido las alianzas y el trabajo en red a fortalecer esta respuesta comunitaria?

Las organizaciones fuimos la primera línea de respuesta. Hemos hecho de todo: colectas, donaciones, acompañamiento jurídico y psicosocial, entrega de alimentos, kits de aseo e higiene, carpas y materiales de emergencia. Ahora estamos entregando bonos de construcción para que las familias puedan levantar una pared o reponer un techo y volver a sus casas. Fue una articulación maravillosa. Movimiento por la Paz nos apoyó con asesoría y asistencia, y también con una donación. Corporación Humanas también hizo una donación. Entre estos y muchos más apoyos pudimos entregar 40 bonos a mujeres y familias que tenían afectaciones en sus casas. Pero también se fueron construyendo otras redes. Por ejemplo, con la alianza humanitaria ‘Manito, manita, vení ayudá’, nos articulamos para tocar puertas y conseguir más ayuda.

¿Qué imagen te ha quedado de lo que está viviendo la gente?

Algo que me impactó los primeros días de la respuesta fue que cuando estábamos dando los kits de alimentos en la oficina de la fundación, que queda en un segundo piso, una señora se vio incapaz de subir las escaleras para recibirlos. Me dijo: ‘Yo no subo, yo no entro a ningún lado, yo duermo en la calle’. Tuvimos que bajar el kit. No podía ver una escalera ni un segundo piso. El pánico todavía se veía en sus ojos.

¿Qué necesitan hoy las comunidades para avanzar en la recuperación?

Necesitamos trabajar unidos y seguir fortaleciendo las alianzas comunitarias e institucionales. Las mujeres, las niñas y los liderazgos tienen que ser escuchados y tener voz y voto en el proceso. La recuperación no la puede hacer un solo frente. Necesitamos un trabajo entre todos, que permita responder de manera integral y atender las diferentes necesidades que tenemos los chocoanos.

En medio de una emergencia que aún no termina, el Chocó sigue demostrando que la respuesta también se construye desde el territorio. Mujeres, liderazgos y organizaciones comunitarias han puesto en marcha redes de solidaridad para atender las necesidades más urgentes y acompañar la recuperación. Hoy, el desafío es sostener esa articulación y garantizar que quienes conocen y viven las realidades del territorio tengan voz y participación en las decisiones que marcan el camino de la recuperación.

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