Migrar es un derecho. Proteger, una obligación.

LO QUE ESTÁ OCURRIENDO

La Unión Europea ha mantenido un encuentro en Bruselas con representantes del régimen talibán para explorar mecanismos de deportación de ciudadanas y ciudadanos afganos. Esta reunión no es un hecho aislado: se enmarca en una escalada sostenida de políticas de externalización y exclusión que la propia UE ha ido normalizando en los últimos años.

En ese mismo contexto, los Estados miembros impulsaron acuerdos para la creación de centros de internamiento de migrantes fuera del territorio europeo —siguiendo el modelo del acuerdo Italia-Albania—, trasladando el control migratorio a terceros países sin garantías jurídicas ni supervisión independiente. Una estrategia que busca gestionar la migración fuera del alcance del derecho europeo. Y que lo logra, precisamente, porque el modelo está diseñado para que la responsabilidad jurídica quede difuminada: cuando el abuso ocurre en suelo de un tercer país, quien tomó la decisión de externalizar queda en la sombra. El sufrimiento se vuelve invisible. La impunidad, estructural.

Deportar a personas afganas a un régimen que las persigue no es política migratoria. Es devolverlas a sus verdugos. Y externalizar el control migratorio es, con demasiada frecuencia, una forma de eludir las propias obligaciones jurídicas de Europa transfiriendo el abuso a donde nadie lo ve.

LA TRAICIÓN A LOS VALORES FUNDACIONALES

El Tratado de Lisboa y la Carta de Derechos Fundamentales no solo obligan a la UE a respetar los derechos humanos dentro de sus fronteras: la convierten en garante de su respeto escrupuloso en todas sus relaciones exteriores. Quien negocia con la UE no puede quedar blindado frente a esa exigencia. La Unión tiene la obligación —política, jurídica y moral— de condicionar cualquier acuerdo, cualquier diálogo, cualquier relación diplomática al cumplimiento de estándares mínimos de derechos humanos verificables e independientes.

Negociar con los talibanes sobre deportaciones sin imponer esa condicionalidad no es pragmatismo. Es una abdicación. Y es también una señal peligrosa: la de que la UE está dispuesta a reconocer diplomáticamente a quienes pisotean los derechos que ella misma proclama como fundacionales.

Esta decisión es además el resultado de años de aceptación progresiva de los marcos narrativos impuestos por la ultraderecha: la migración como amenaza, la frontera como respuesta, la expulsión como solución. Cuando los gobiernos compiten en ese terreno, no derrotan a la ultraderecha: la legitiman.

NUESTRA POSICIÓN

Desde el MPDL denunciamos que estas políticas no son solo ineficaces: son activamente dañinas. Generan violencia directa sobre las personas expulsadas, perpetúan la violencia estructural que obliga a migrar y alimentan una violencia cultural que deshumaniza al migrante convirtiéndolo en un problema administrativo a resolver, no en un sujeto de derechos a proteger.

La seguridad real de las sociedades europeas no se construye cerrando puertas con quienes persiguen. Se construye con justicia, integración genuina y una cooperación internacional fundada en derechos —no en su elusión.

EXIGIMOS

  • El cese inmediato de las negociaciones con el régimen talibán para facilitar deportaciones, estado en el que no hay garantías jurídicas ni se protegen los derechos humanos, especialmente los de las mujeres.
  • El respeto irrestricto al principio de no devolución y a las obligaciones de asilo derivadas del derecho internacional y europeo.
  • El abandono de los modelos de externalización migratoria —centros fuera de la UE, acuerdos con terceros países sin Estado de derecho— y el establecimiento de mecanismos de responsabilidad jurídica que alcancen a quienes toman la decisión de externalizar, con independencia de dónde se produzca el abuso.
  • Que la UE ejerza su obligación como garante de derechos humanos en todas sus relaciones exteriores, condicionando cualquier acuerdo o negociación al cumplimiento de estándares mínimos verificables e independientes.
  • La apertura de vías legales y seguras para las personas afganas en situación de vulnerabilidad, especialmente mujeres y minorías perseguidas.

La Unión Europea fue fundada sobre la promesa de «nunca más». Esa promesa no puede tener asterisco. Reclamamos una Europa que esté a la altura de sus propios valores, también —y especialmente— cuando hacerlo es difícil.