Palabras desde Líbano: “Hoy les pido que no miren hacia otro lado”
Entrevistamos a Nadia, profesional humanitaria que trabaja sobre el terreno en Líbano en coordinación con el Movimiento por la Paz -MPDL- y organizaciones locales, para conocer de primera mano cómo está evolucionando la crisis y qué impactos concretos está teniendo en la vida de las comunidades.
Con experiencia directa en la identificación de necesidades y la implementación de respuesta de emergencia, su trabajo se centra en acompañar a familias desplazadas y en situación de alta vulnerabilidad, adaptando la intervención a un contexto cada vez más inestable. A través de su testimonio, nos acercamos a la realidad cotidiana de una crisis que ya ha dejado de ser solo económica para convertirse en una emergencia humanitaria compleja.
¿Cómo ha evolucionado la situación humanitaria en el Líbano y qué impactos concretos se observan en la vida cotidiana?
El Líbano ha dejado de enfrentarse únicamente a una crisis económica. Hoy hablamos de una emergencia humanitaria en toda regla. Desde principios de 2026, la situación se ha deteriorado rápidamente, en un contexto donde el conflicto, el desplazamiento y el colapso de los servicios básicos se entrelazan y se refuerzan mutuamente.
Incluso antes de la última escalada, la mayoría de la población ya necesitaba asistencia. Ahora, esa vulnerabilidad se ha profundizado y más de 121.000 personas, unas 31.700 familias, se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Al mismo tiempo, infraestructuras esenciales como hospitales han resultado dañadas o han dejado de funcionar.
Lo más significativo es cómo esta crisis se traduce en la vida diaria. Las familias que antes lograban sostenerse gracias a ahorros, remesas o redes comunitarias han agotado ya esos recursos. El acceso a la alimentación se ha convertido en uno de los principales desafíos, los precios se han disparado y cada vez más hogares se ven obligados a reducir las raciones, saltarse comidas o recurrir a productos de bajo valor nutricional, muchas veces endeudándose para poder comer.
A ello se suman los cortes prolongados de electricidad y el encarecimiento del combustible, que limita el uso de generadores. Esto afecta a todo ya que los alimentos se estropean con rapidez, el acceso al agua se reduce o los niños y niñas tienen dificultades para estudiar.
El desplazamiento, además, es cada vez más inestable. Muchas familias han tenido que mudarse varias veces, acabando en refugios saturados, asentamientos informales o incluso viviendo en coches o al aire libre. Las comunidades de acogida, por su parte, están sometidas a cada vez más presión.
El acceso a la atención sanitaria también se ha deteriorado gravemente. Muchos hospitales ya no pueden funcionar bien y la falta de medicamentos y material hace que muchas personas retrasen o dejen de ir al médico, e incluso abandonen sus tratamientos cuando tienen enfermedades crónicas.
Mientras tanto, la respuesta humanitaria no logra seguir el ritmo de las necesidades. La falta de financiación, la debilidad de los sistemas públicos y las dificultades logísticas derivadas del conflicto están limitando la llegada de ayuda.
En este contexto, la pobreza se extiende, las condiciones de vida se deterioran y las estrategias de supervivencia se agotan. Muchas familias ya no pueden afrontar la situación, simplemente intentan resistir.
¿En este contexto, qué grupos de población están enfrentando los mayores niveles de vulnerabilidad y por qué?
En este contexto, las personas más vulnerables son aquellas que enfrentan varias dificultades al mismo tiempo. Es el caso de la población refugiada siria y palestina, que ya vivía en condiciones precarias y con derechos limitados, ve ahora más restringido su acceso a empleo y a los servicios básicos. También hay cada vez más familias libanesas de bajos ingresos que han caído recientemente en la pobreza.
A esto se suman las personas desplazadas, que han perdido sus hogares y su estabilidad, en muchos casos más de una vez. La infancia y las mujeres están especialmente expuestas. Los niños y niñas son los más afectados. Cada vez hay más trabajo infantil, dejan la escuela, son separados de sus familias y están más expuestos a la violencia. El estrés y la ansiedad atraviesan la vida cotidiana y el impacto emocional es cada vez más evidente. Las personas mayores o con discapacidad se enfrentan a más dificultades para acceder a los cuidados y servicios que necesitan.
Al final, quienes están en peor situación son las personas con menos recursos y menos redes de apoyo, sobre todo cuando la pobreza, el desplazamiento y la falta de acceso a servicios se acumulan.
¿Cómo está respondiendo actualmente el Movimiento por la Paz a esta situación y qué intervenciones está priorizando para cubrir las necesidades más urgentes?
Desde Movimiento por la Paz estamos dando respuesta a las necesidades más urgentes y ajustando nuestros programas en función de lo que está pasando. Para ello, hemos realizado una evaluación rápida en coordinación con una organización local, que nos ha permitido identificar las carencias más críticas, especialmente en alimentación y artículos básicos, para asegurar que la respuesta se base en necesidades reales y actualizadas.
A partir de estos resultados, hemos reformulado algunos de los proyectos en marcha y redirigido parte de los fondos hacia ayuda humanitaria urgente, para responder de forma más directa a la emergencia.
Ahora mismo, las principales líneas de intervención son el apoyo alimentario, la distribución de comidas calientes para personas desplazadas y grupos especialmente vulnerables, y la asistencia para el invierno, para ayudar a las familias a hacer frente a las bajas temperaturas.
Este enfoque nos permite a Movimiento por la Paz mantenernos flexibles y reaccionar con rapidez, asegurando que los recursos se utilicen allí donde más se necesitan y ofreciendo un apoyo inmediato y esencial en un contexto cada vez más crítico.
A nivel personal, ¿cómo es vivir y trabajar en un contexto humanitario tan complejo y qué desafíos o motivaciones encuentras en tu día a día?
Vivir y trabajar en este contexto es duro. Las mismas dificultades afectan tanto a las comunidades como a quienes trabajamos en la respuesta. Hay una incertidumbre constante y la violencia y la situación de crisis forman parte de cada día.
Lo más difícil es ver el sufrimiento de cerca, familias que no pueden cubrir necesidades básicas, niños y niñas con un futuro incierto, personas que se han visto obligadas a desplazarse varias veces... A veces resulta abrumador, sobre todo cuando las necesidades son tan grandes.
Pero también hay una motivación muy fuerte. La capacidad de las personas para seguir adelante, su resiliencia y el sentido de propósito compartido con el equipo hacen que todo tenga sentido.
Al final, es un equilibrio constante entre la dureza de la situación y la esperanza, donde los momentos difíciles conviven con un fuerte sentido de compromiso y de conexión humana.
