Sostener derechos y construir paz desde lo local en un contexto de recortes globales
En un contexto de retroceso de la cooperación internacional, el trabajo de Movimiento por la Paz -MPDL- cobra especial relevancia. Mientras la financiación global se reduce, los proyectos en terreno continúan apoyando el acceso a derechos, acompañando a comunidades y generando oportunidades en contextos de mayor vulnerabilidad.
El impacto en terreno y los procesos de las comunidades
En países como Níger, el trabajo de Movimiento por la Paz, de la mano de las organizaciones de mujeres nigerinas, contribuye a transformar realidades profundamente desiguales. A través de iniciativas centradas en la autonomía económica, la formación y la participación comunitaria, decenas de comunidades han fortalecido el papel de mujeres y jóvenes en la toma de decisiones, avanzando en la prevención de violencias como los matrimonios forzados y promoviendo cambios sociales sostenidos en entornos rurales.
“Trabajamos en una zona rural muy empobrecida de la región de Tahoua, donde se promueve la autonomía social y económica de las mujeres y los jóvenes, mediante producción agrícola y ganadera, formación técnica, transformación de productos, creación de canales comerciales, educación en derechos humanos y derechos de las mujeres, y promoción de la participación de las mujeres en la toma de decisiones”, explica Maite Serrano, responsable para África en Movimiento por la Paz.
Este tipo de intervenciones reflejan el impacto tangible de la cooperación a través de procesos que requieren tiempo, continuidad y recursos estables para consolidarse, pero que generan transformaciones profundas en los territorios.
El alcance de estos proyectos no es menor. La ampliación de iniciativas en terreno, gracias a la financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y de la cooperación descentralizada (Comunidad de Madrid, la Junta de Castilla-La Mancha, la Diputación de Valencia y el Ayuntamiento de Ciudad Real), ha permitido llegar a más comunidades y reforzar dinámicas de cambio que, en muchos casos, parten de situaciones de alta vulnerabilidad estructural.
“Hoy en día, las niñas tienen derecho a elegir a su pareja y los líderes tradicionales y religiosos, formados por el proyecto, se han convertido en defensores de las niñas frente a estas prácticas”, señala Oumaimatou Saidou, parte del equipo en Níger.
Un contexto global en retroceso
Sin embargo, este trabajo se desarrolla en un contexto internacional cada vez más adverso. La Ayuda Oficial al Desarrollo ha registrado en el último año su mayor caída histórica, con un descenso superior al 23%, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Este retroceso responde principalmente a los recortes aplicados por las principales economías donantes, especialmente Estados Unidos, junto a países europeos como Alemania, Francia o Reino Unido.
Las consecuencias ya son visibles en la reducción de programas, la retirada de organizaciones y en los millones de personas que están perdiendo acceso a servicios básicos, especialmente en regiones como África subsahariana o Asia. El retroceso de la financiación humanitaria debilita además la capacidad de respuesta en contextos de crisis, conflictos y desplazamientos forzados, poniendo en riesgo la acción coordinada en los escenarios más frágiles, donde la ayuda internacional sigue siendo, en muchos casos, la única red de apoyo. Todo ello ocurre además en un contexto en el que las necesidades, impulsadas por conflictos, crisis climáticas y desigualdades estructurales, no dejan de aumentar.
La excepción de la cooperación española y el margen de acción
En este contexto, España se sitúa como una excepción relativa. La cooperación española ha incrementado su financiación y ha ampliado el número de personas beneficiarias en los últimos años, en parte gracias al trabajo de más de 600 organizaciones que desarrollan proyectos en un centenar de países.
Este impulso genera un margen que permite a organizaciones como Movimiento por la Paz sostener y, en algunos casos, ampliar su trabajo en los territorios. Esto resulta clave para dar continuidad a procesos comunitarios, reforzar el acceso a derechos y mitigar el impacto de las crisis en las poblaciones más vulnerables.
Sin embargo, el retroceso de la ayuda internacional sigue condicionando la estabilidad de muchos programas y limita su alcance. Por ello, el reto está en avanzar hacia una cooperación más estable, con mayor capacidad de redistribución y orientada a reducir los impactos de crisis cada vez más interconectadas.
