El voluntariado que transforma: “Con ellos era vivir cada día, cada uno era diferente, cada momento único... como su propia realidad”

El centro de acogida de Miraflores de la Sierra de Movimiento por la Paz -MPDL- ha sido un espacio de encuentro, aprendizaje y convivencia en el que las personas voluntarias han acompañado a quienes llegaban.

Clases de castellano, actividades culturales y deportivas, visitas a espacios del municipio o, sencillamente, conversaciones y momentos compartidos han contribuido a crear vínculos y a favorecer la participación en la comunidad. Ahora, al echar la vista atrás, algunas de las personas que han formado parte de este camino comparten lo que estos años han significado para ellas. Y sus palabras reflejan la misma idea de que al acompañar también se transforma quien acompaña.

Juli lleva nueve años como voluntaria de Movimiento por la Paz dando clases de español. Cuando recuerda su paso por la organización, habla de clases y aprendizajes, pero también de todo aquello que se generaba alrededor de todo ello. “He compartido alegrías y tristezas cuando me contaban todo lo que pasaban hasta llegar a España”, recuerda.

Su labor ha estado muy vinculada a la enseñanza del castellano y al conocimiento del entorno, aunque, al hacer balance, asegura que el aprendizaje ha sido mutuo: “Les he tratado de enseñar el idioma y nuestras costumbres, pero yo personalmente he aprendido mucho más de ellos que ellos de mí”.

Porque aprender un idioma era solo una parte. El voluntariado desarrollado en Miraflores de la Sierra ha buscado también tender puentes con el municipio, generar espacios compartidos y facilitar que las personas acogidas pudieran conocer y participar en la vida comunitaria.

Vivi, voluntaria durante ocho años también como profesora de español, recuerda como “hemos intentado y, a veces, conseguido integrar a estas personas invitándoles a participar en espacios del pueblo como el huerto, la biblioteca, el centro cultural, actividades deportivas e incluso visitando la iglesia en Navidad”.

También hubo encuentros con jóvenes del municipio, como una jornada con alumnado de un instituto de edades similares. Salir del aula permitía practicar el idioma, conocer nuevos espacios y, sobre todo, relacionarse con otras personas y sentirse parte.

Cada grupo y cada persona, sin embargo, traían consigo circunstancias distintas. Para Rosa, con una larga trayectoria docente, eso significó descubrir otra forma de enseñar, mucho más ligada al presente y a la realidad de quienes tenía delante.

“Con ellos era vivir cada día, cada uno era diferente, cada momento único... como su propia realidad”, explica. Las clases se convirtieron así en espacios donde también quedaba espacio para momentos de cercanía y de compartir historias: “Me agradecían cada clase... con ellos me reía y compartíamos experiencias”.

De todos esos encuentros quedan recuerdos, aprendizajes y vínculos. “Ha sido una etapa muy interesante para mí y sé que me guardarán en su corazón” , cuenta Rosa.

Ese vínculo humano es también lo que Javier sitúa en el centro cuando habla de su paso por el voluntariado: “Para mí ha sido una experiencia muy enriquecedora, sobre todo porque, al final, se trata de una experiencia de relación humana, con personas humanas, con su dignidad”.

Una dignidad que está por encima de cualquier situación administrativa. Personas, recuerda, “con derecho a tener sus sueños, sus posibilidades, sus espacios como nosotras”.

Para Javier, esa relación implica encontrarse desde la horizontalidad: “Desde una posición horizontal [...] hay que empatizar y ponernos en sus zapatos”. Y cuando ese encuentro se produce desde la igualdad, explica, ocurre algo sencillo pero poderoso: “Cuando te relacionas con una persona desde la igualdad y desde lo natural, las cosas fluyen. Y para mí ha fluido”.

Su reflexión resume buena parte de lo vivido: “El mundo no puede ser de otra manera, no puede ser desde otra mirada que no sea ver a la gente y respetar su dignidad”.

Las palabras de Juli, Vivi, Rosa y Javier muestran que el voluntariado es un camino en ambas direcciones. Una clase de castellano puede convertirse en una conversación. Una salida, una oportunidad para sentirse parte de una comunidad. Unas horas compartidas, en recuerdos y aprendizajes que permanecen mucho después.

En Movimiento por la Paz creemos en un voluntariado que pone a las personas y su dignidad en el centro, acerca realidades y contribuye a construir comunidades más acogedoras, diversas y solidarias. Porque acompañar también significa encontrarse. Y cuando ese encuentro se produce desde la igualdad, todas las personas transformamos y somos transformadas.

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